La puta y mágica realidad
Porque la naturaleza se toma licencias poéticas
martes, 7 de enero de 2014
Viceversa
lunes, 25 de noviembre de 2013
Fórmulas secretas
miércoles, 14 de septiembre de 2011
De tal palo
domingo, 24 de julio de 2011
Sur sureste
martes, 5 de abril de 2011
Tentativa
Resulta peor cuando vence el cansancio y al día siguiente abro los ojos con un bolígrafo clavado en un costado, tendido sobre unos cuantos papeles arrugados, y nada más. El escritor, herido de muerte, depone las armas, otra noche será. Musita al oído de nadie sus mundanas consignas. Luego, Cola Cao con galletas.
Anoche quise escribir sobre letras combinadas en palabras; una combinación exacta y secreta, que encienda una luz o quizás abra una puerta; como un interruptor que ponga en marcha el misterioso mecanismo por el cual aparece una sonrisa, reverdece una esperanza o brota ya madura una ilusión. Parece ser que no me quiero enterar de que anoche quise escribir sobre algo que tal vez no exista.
miércoles, 2 de marzo de 2011
Barrotes
domingo, 9 de enero de 2011
Advertencia
sábado, 11 de diciembre de 2010
Singular, segunda persona.
lunes, 12 de julio de 2010
Una frase hecha
-Era una frase hecha, hijo. Buenas noches.
-De acuerdo, mamá. Buenas noches. Sueña con los angelitos.
-En serio, hijo; vete a la mierda.
domingo, 27 de junio de 2010
Disciplina
Nosotros los niños

miércoles, 16 de junio de 2010
Gabrielle #19
domingo, 13 de junio de 2010
Brevísima historia del agnosticismo

Alejandro Millán
Junio 2010
No soy
Me perdí de vista en una batalla cualquiera, de una guerra cualquiera, a la mitad de mi única vida. Es mentira que encontrasen mi cuerpo, pero tal vez sea cierto que lo dejé atrás al abandonar mis botas en una cuneta del camino, en dirección opuesta al tronar de la pólvora, a favor del viento húmedo del sur; la misma dirección que seguí yo, ligero, con o sin mi cuerpo.
Vi mis manos teñirse de malva sin dolor durante una nevada tardía de abril, y vi aparecer una mar oscura tras una niebla salobre, y una barca rendida sobre los guijarros, tapizada de rémora y desamparo. La marea subía espesa entre mis pies; no me gustó su caricia taimada en los tobillos y me refugié en el interior de la barca, hecho un ovillo tiritante, cubierto de unas redes pesadas y hediondas a brea, algas y pescado. Tuve sueños en los que miraba a mi madre muy desde abajo y ella me sonreía joven, hablándome de vez en cuando con palabras que yo no podía entender. Y me mecía envuelto en aquella nana de Otilio Galíndez, cuyo eco rebotaba sereno en cada tablón de la barca.
vamos a engañar la lechuza
y engañar al coco
que ya no asusta.
que mañana el sol
brillara en tu cuna
y te contará
como fue que un día
perdió la luna.
[…]
Soy el crepitar de la espuma sobre la arena seca, las olas que te revolcaban cuando con pocos años visitabas el mar, y el agua de los oídos y la sal del paladar. Te miro desde los ojos de cada animal que has descubierto, de cada extraño que creías conocer; desde los faros de un coche que te deslumbra; desde esa única luz en algún oscuro bosque, algún frio anochecer. Soy el rayo que pinta en acuarela un día fugaz en tu retina, el susurro de la brisa, el olor de la lluvia, el irisado tornasol del aceite que la contamina.
De aquella guerra apenas conservo el recuerdo del peso del fusil, la dureza de su mecanismo, la violencia del retroceso. Y en algún momento un estallido metálico seguido de un pinchazo ardiente en el pecho, y el zumbido en los oídos de inmensos artefactos bélicos cuyos motores humeantes queman sangre y petróleo. Apreté el puño con fuerza contra mi corazón en llamas, y sentí enfriarse su llanto mientras me alejaba en dirección opuesta al tronar de la pólvora, a favor del viento húmedo del sur. Tomé un último y profundo aliento justo antes de abandonar mis botas en una cuneta del camino.
El bramido colérico del océano me despierta, la herida ha tomado un color extraño y tiene un olor ácido, picante. La fiebre sube y cientos de medusas cubren de suaves besos la barca, y soy un soldadito de plástico, inmóvil, en un frágil barquito de papel en medio del azul incomensurable. Aparecen también tortugas vagabundas de ojos tranquilos que devoran con paciencia las medusas bajo la mirada siempre atenta y escrutadora de unos calamares gigantes, de cuerpos luminiscentes, que me acompañan en fantasmal escolta. Delirando, oigo las advertencias de una luna de cuarto creciente:
-El viaje será largo y penoso; el sol ampollará inclemente tu piel, el hambre será lacerante, los días un anticipo del infierno, las noches gélidas como el espacio exterior. Criaturas marinas intentarán hacer nido en tus oquedades, titánicas olas golpearán tu barca y tu esperanza. Los tiburones murmurarán a tus espaldas.
El tiempo fluye en todas direcciones, los acontecimientos se sortean, los recuerdos se disfrazan de premoniciones de un futuro improbable. Bebo el rocío que exprimo de mi camisa y me alimento de las amargas entrañas de incautos peces que mordisquean las puntas de mis dedos. La fiebre no baja, intento abrazar mi reflejo en el agua y caigo por la borda. Me hundo con los pies por delante, como si el soldadito de plástico se hubiese vuelto de plomo, por los nudos del tiempo. Tardo tanto en bajar que vuelvo a quedarme dormido, arrullado por los diminutos torbellinos del agua y el eco lejano de la nana de mi madre.
En el lecho oceánico la tranquilidad es apabullante, el silencio ensordecedor; hasta que, de cuclillas, hundo los dedos en el cieno y levanto una nube violeta de la que afloran miles de cangrejos, de un pálido azul de porcelana. Escojo y persigo a uno de ellos en su errática huida por aquel desierto abisal, hasta que se refugia en el imponente cadáver algodonoso de una ballena, banquete al que no soy invitado a juzgar por el indignado agitar de tentáculos y las miles de diminutas miradas de reprobación. De pronto llama mi atención una fuente de calor a mis espaldas, radiado por un remoto fulgor que ahora me atrae como a un insecto nocturno. Y como tal, poseso de una inquebrantable determinación, avanzo sin pausa ni atención a los obstáculos hacia aquel resplandor escarlata; y conforme avanzo la pendiente crece y es más pesada la marcha, por el calor, por el azufre.
El apremio se desvanece cuando llego al borde del cráter, donde me siento con las piernas colgando, observando la roca fundida manar. Recuerdo mis manos malva y las arrimo prudente a las colosales brasas del volcán esperando poder por fin calentármelas; y es entonces cuando puedo contemplar mi piel resquebrajada y cómo la corriente caliente devuelve a la superficie mi carne cubierta en ceniza.
Y sigo sin estar convencido de mi muerte, cada vez que abro los ojos estoy en un sitio distinto, soy algo distinto. Los años me han despejado el pensamiento, han ordenado mi memoria; y guardo recuerdos puntuales, escogidos al azar, como los aromas de naranja y clavo y canela y madera y pintura de una mujer cuyo nombre he olvidado ya. Pero me niego a haber perdido la vida en aquella guerra. No soy el instrumento inconsciente de avaricias ajenas. No soy la marioneta muda con sangre en las manos. No soy el jabón de las culpas de los poderosos.
Somos esas estrellas muertas hace millones de años que unes en constelaciones que no se parecen a nada; somos el cian, el magenta y el amarillo. Somos una voz infantil que te tira de la manga, el hálito fresco que entra por tu ventana una noche de verano, la belleza que habita en los ojos de una araña, cada sístole, cada diástole. Y todas, todas las cosas que no puedo imaginar.
ya se fue la tarde cansada
y llegó la noche
fresquita y muda.
abrirá tus ojos
la luz del alba
y te enseñará
ríos y caminos
y la montaña.
Alejandro Millán
Mayo 2010

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La piel dormida

-Blasfema -susurró, besándole la cima de las vertebras del cuello una a una con pausas de maestro- Dios todopoderoso no necesita que ni tu ni nadie traigáis su palabra a esta casa, ni a ningún otro sitio. El se pronunciará cuando estime si es que alguna vez lo considera necesario. Blasfema, jamás escucharé a quienes os erigís sus representantes en la tierra contraviniendo sus normas naturales, tan ajenos a su obra. Llegado el momento os llamará a todos por vuestros nombres y os exigirá explicaciones por todas las imposturas. Pero hasta entonces gírate, tu, blasfema, y bésame como Dios te ordena desde las entrañas y participa conmigo de su ley natural hasta que el entumecimiento te lo permita.
En la sala, al final del pasillo, aun humeaban dos tazas de café y una mosca destacaba en un castillito de terrones de azúcar. Hay una silla tirada en el suelo junto con unos cuantos folletines religiosos desperdigados y un sobrio abrigo de mujer que trepaba hasta cubrir un televisor doblando su antena. Un rastro de libros y cuadros derribados llevaba hasta el lugar de donde provenía el crujir de tablones del somier.
Al enfriarse el café una neblina fragante terminaba de despejarse mientras ella subía sus medias comprobando la ausencia de marcas. Terminó de vestirse a la velocidad que el viento suaviza las cumbres de las montañas, con la vista fija en la pequeña biblia granate, una edición ostentosa de letras doradas y tapas de cuero que yacía abierta boca abajo en el suelo y que había sido lo último de lo que se había desprendido antes de verse arrojada sobre el colchón. Tan grande fue la sorpresa que sujetó el librillo con tal fuerza que solo cayó de sus dedos al entrar a la habitación cuando las manos de él encontraron lo que buscaban entre pliegues de seda y encajes.
Ya vestida y antes de recoger la biblia del suelo que vociferaba regaños de monjas desde la moqueta, se dio la vuelta y lo vio tendido en la cama mirándola como un niño que examina los movimientos de una hormiga en su mano. Era mucho mayor que ella, que ya pasaba la cuarentena, y su cuerpo desnudo no podía ser más distinto a los que recordaba en las últimas fantasías que logró controlar hace tantos años cuando su característica férrea voluntad consiguió aplacar una sexualidad ya incipiente. Apenas conocía su nombre y algunos otros detalles nimios tras la presentación de rigor. Las letras del entendimiento acababan de disolvérsele en saliva y estaba perdida en las razones de aquel hombre, en la explicación de lo que acababa de pasar, de lo que había sentido, en un acertijo de intenciones y palabras confusas. Palabras tan duras, tal vez tan tiernas, quizás signo de demencia, o de la más lúcida cordura. Y sobre todo con la apremiante aparente necesidad e importancia de salir de allí cuanto antes.
Desorientada miró hacia un lado y se vio a si misma reflejada en un pequeño espejo con el pelo pegado a la cara con sudor y en las mejillas, los labios y los ojos, los colores de una edad que nunca había tenido. Con aquella férrea voluntad que la caracterizaba volvió a darle la espalda y empezó a desabrocharse el primer botón del vestido a la velocidad que el viento suaviza las cumbres de las montañas.
Alejandro Millán
Madrid, Marzo 2010.

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Algo confuso
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Alejandro Millán

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Epílogo

- Es una historia para cuando alguien se va, y nadie se ha ido. ¿Por qué la quieres oir ahora?
-¿Por qué no simplemente me complaces?
- Cuentan las criaturas inverosímiles del riachuelo ese de allá, que hubo una vez por aqui unos pájaros. Unos pájaros que se emborrachaban con la fruta podrida que buscaban entre la hojarasca. Luego se perdian, ahogados en las fuentes; pero nadie les extrañaba. Bandadas enteras morian de frio cruzando montañas tras las cuales no habia nada. Y nadie les extrañaba. De cuando en cuando se encontraba alguno, desplumado por las palomas, cojo por un gato, acribillado por unos niños, muerto al fin y al cabo. Nadie le extrañaba. Alguna extraña peste hacia brotar de sus picos hormigas, y quedaban para siempre disecados en las ramas. Pero nadie los extrañaba. Hasta que un dia vieron la silueta del último perderse a lo lejos, intentando cruzar el mar. Pero no es una historia triste, porque nadie les extraña.
Alejandro Millán
Madrid 2009

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El tiburón de Groenlandia

Empiezo a temblar. Eres una última estrella rebelde ahí arriba y ya ni siquiera veo las polillas rondarte porque todo se me apaga. Se me apaga el tacto al final de brazos y piernas, se me apaga el color de la piel; incluso hace tiempo que se ha extinguido el dolor. De manera que ahora parece que te alejas en la oscuridad mientras me sumerjo cada vez mas en el frío. Es como si me hundiese en un pozo mientras me miras desde el borde con tu cara de boba.
Farola del tres al cuarto: En un lugar que tu raquítica luz jamás alumbrará habita el tiburón de Groenlandia; cuatrocientos años de vida a oscuras bajo la eterna capa de hielo. ¿Sabías tu eso? Qué vas a saber. Casi reconforta saber que por este camino no viviré tanto como el tiburón de Groenlandia.
Oh, de acuerdo; vete si quieres, y llévate esta respiración entrecortada contigo. Ahora me estorbáis; tu, la agonía, los grillos a lo lejos.
Mira, termina como terminan algunas películas: fundido al negro, al silencio, y nada más. Pero al contrario que en las películas, ese nada más llega sin adornos, sin tristezas, sin culpas. Je ne regrette rien.
Aburrimiento, oscuridad, y nada más. Parece que me perderé ruborizarme ante las sórdidas costumbres de los querubines, porque este bendito-maldito nada más amenaza con hacerse infinito; llevan dos mil años advirtiéndolo. Al fin y al cabo la muerte, por ser lo contrario de la vida, es sobre todo aburrida.
Vuelve la luz, y tendidos en el césped junto a el, unos ojos verdes esperan a que vuelva a decir algo. Sonríe: -Permíteme que me ponga filosófico-.
Alejandro Millán
Madrid, Julio 2009.

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Espacio finito
El día que llegó le pareció el lugar mas gris, vasto e inhóspito que había pisado jamás. Pero por lo menos allí encontró una roca lisa donde sentarse. En el planeta anterior nubes moradas eran rasgadas en el horizonte por escarpados montes como de azabache en cuyas faldas una ingente cantidad de riachuelos de mercurio se entrelazaba en una intrincada red que lo atrapaba todo y que reflejaba en miles de direcciones la purpúrea luz de un cielo en permanente tormenta, donde los rayos te cabían en la palma de la mano y los truenos se escondían entre tus pies. Pero no había un sitio donde simplemente sentarse a descansar.
Aquí, ahora, en medio de este desierto monótono, sentado en su roca, miraba su nave de papel de plata estrellada. Tan falsa como la esperanza que la sustenta, dijo una vez.
Tan lejos de la comida y el agua no existe el hambre ni la sed, tan lejos del aire sus pulmones simplemente dormían, el espacio no congelaba ni hervía su sangre gracias a una bufanda que se quitaba o ponía a conveniencia. Sin barómetro no había presión de más o de menos que temer. Tenía todo el tiempo del mundo para pensar en el momento en que encontraría por fin aquello que había venido a buscar.
Pero ya no había nave de papel de plata, ya no habría mas planetas y el mapa deshecho por la lluvia hacía muchos años no le indicaría ninguna dirección hacia la que por lo menos quedarse mirando mientras el tiempo terminaba de pasar.
Empezó a ver pasar los siglos sentado en su roca y comenzó a distinguir entre tonos de gris, hasta que de pronto eran millones. Surgieron de las rocas caras familiares hasta que llegó un momento en el que en aquella soledad no cabía nadie más. Una multitud le pedía razones, le pedía cada día explicar por qué estaba allí tan lejos de casa, que a qué esperaba para volver, que por qué no pensaba en quienes había dejado atrás, que por qué, que por qué. A veces negaba con la cabeza, otras sollozaba, otras reía. Hasta que cerró los ojos para intentar gritar y se hizo el silencio. Los abrió y estaba de nuevo solo. Entonces empezó a hablar:
- Soy un naufrago en el espacio por propia voluntad, me trajo hasta aquí la promesa de un tesoro. Todos los días ella me hablaba de el, que tenia un tesoro, un tesoro magnífico. Y una noche me dijo que me diría donde estaba para que si algún día ella dejara de existir pudiera yo encontrarlo, y viendo lo valioso que era comprender tantas cosas y recordarla cada vez que abriese su cofre. Y ahora ya no me queda nada de ella, la lluvia se lo llevó todo. Solo me quedaba encontrar por fin ese tesoro que puede estar en cualquier lugar de este vacío infinito, pero llevo siglos, siglos aquí atrapado y solo espero que el tiempo termine de pasar.
Entonces frente a el brotaron de una roca unos labios para susurrar tímidamente: - Si puede estar en cualquier lugar, ¿por qué no ahora mismo bajo tus pies?
Los labios desaparecieron y tras secar con la bufanda sus lágrimas cimarronas empezó a escarbar con los dedos justo ahí, bajo sus pies. Y tuvo que volverlas a secar cuando tocó por primera vez el pequeño cofre de madera.
De rodillas en el suelo puso el cofre sobre la roca y lo abrió lentamente esperando encontrar algo que le recordase tanto a ella que casi pudiera sentirla en la yema de los dedos. Pero dentro del cofre no había nada más que una fina capa de arena en el fondo sobre la que caían ahora las lágrimas que aun no conseguía secar.
Quiso con los dedos retirar las pequeñas gotas oscuras y según iba removiendo la arena aparecía un brillo en el fondo del pequeño cofre, hasta que al final pudo verse a si mismo reflejado en el espejo que ella había colocado para que él pudiese ver un tesoro que solo se mostraba cuando era él quien lo veía, tan valioso como ella lo había pensado. Lo cerró de golpe y lo volvió a abrir, y allí estaba él otra vez. Hubo una sonrisa en algún lugar del universo finito.
Cuenta una tribu africana que una noche vieron sus niños nítidamente en el cielo de la sabana un meteorito cabalgado por un hombre blanco que llevaba un cofre bajo el brazo.
Alejandro Millán
Madrid 2009

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Una ciudad sin mar

-¿Y por qué iba a ser un secreto la construcción de una nave suicida?
-No lo se Julio, mírala. Está en medio de la ciudad. Quizás quiera competir con nuestro barco.
-Estúpido, nadie puede competir con nuestro barco.
Con el mar a cientos de kilómetros, lo más parecido a el ruido de las olas era el tránsito puntual de los trenes a lo lejos. Era así como se sabia que eran las nueve bajo el tejadito de zinc, a las afueras de la ciudad, junto al gigantesco embrión del barco envidiado.
-Marín, ¿estás dormido?
-Si, así que no te escucho, y mucho menos podría contestarte.
-Bueno, lo mismo da. Hoy la vi otra vez, a la del Mississippi. Puede que viva cerca de donde lo de las velas.
-Te mira porque le das pena. Mírate, ¿veinticuantos?, y pareces lo que eres, un vagabundo, un clochard, monsieur. En cambio yo… A mi no me miraría con pena, el barco me exprime los bolsillos pero puedo pasearme por Serrano como un señor. ¿Y como que velas? Dijiste un motor, un gran motor Diesel de camión.
-Apenas hace dos días que robaste ese traje, imbecil. Además, ya está perdido, ya huele a ti. Y si, velas. Velas como Marco Polo, como Colon, como Cook. Todo lo importante se hizo con velas.
-¿Es que ahora crees que vas a descubrir algo? ¿que vas a poner tu nombre a un cabo, un golfo, un estrecho? Ojala pudiese ser un atolón. ¿Te imaginas Julio, te imaginas?
Por la mañana y tras vencer el skyline presuntuoso de la ciudad, el sol despedazado por la sombra inmensa de barco, se escurre bajo el tejadito de zinc haciendo aparecer la fogata apagada y la olla de lata, el tablón lleno de recortes con dibujos de barcos amarillentos, la mesita azul celeste con su único cajón rebosante, los rollos de cuerda, las pilas de tablas, el maremagnum de tornillos y clavos y láminas de aluminio electrodoméstico. Un bulto se remueve bajo las percudidas mantas con el tren de las ocho. Otro día, con suerte un día menos para zarpar.
El barco iba creciendo a espaldas de la ciudad con cada excursión en busca de cualquier cosa que no vaya a utilizar usted caballero. El día de las velas fue diferente.
-Marín, ¿con que sueñas?
-Sueño que estoy tan profundamente dormido que ningún ruido puede despertarme.
-Hoy la volví a ver, cuando fui a por las velas. Tiene los ojos negros Marín, y si que me estaba mirando a mi y no era una mirada de compasión, imbecil.
-Entonces quizás sepa lo del barco y quiera las migajas de tu gloria, debiste preverlo al ver el barco de vapor en su carpeta.
-¿Por qué siempre te pones así cuando hablo de ella? Sinceramente, parece envidia.
-Piensa lo que quieras, solo te pido que no te distraigas del barco, sabes que sin tí no podría terminarlo jamás.
-No me distraigo idiota, soy consciente de mis prioridades. Y no está interesada en el barco, quiere su propia vida. Quiere ser ingeniera. Si, y lo se porque le robé sus libros, aunque no había corrido veinte metros cuando regrese para devolvérselos. Le dije que lo siento, que tantas veces te he visto y tantas veces me he preguntado quien eras. Y me dijo que no pasa nada y sonrió. Y era a mí a quien sonreía Marín, con sus ojos negros, a mi. Joder, y entonces me fui, me fui corriendo muerto de risa, dejando como esos estúpidos niños alemanes un rastrito, pero de lágrimas, de esas de felicidad Marín, ¿te acuerdas tu de esas? Y me fui, me fui corriendo.
-Dejaste claro que además de un techo, no tienes ni dignidad ni cordura, muy bien. Yo solo te pido que no te distraigas.
Los gitanos festejaban algo tras la colina, tenía que ser un fuego de gitanos el que le daba ese color al cielo y ese fulgor de siglos al barco, ya tan a punto y grandioso que casi olía a mar. Una brisa que parecía marina apagó el último rescoldo de la fogata y se llevó volando el papelito, que sujeto al tablón con un alfiler, ponía con cera negra: provisiones para el viaje.
-Éramos algo así como buitres desplumados dentro de nuestros abrigos en piltrafas. Era increíble. Y eso que esos contenedores apenas los conocía nadie. Cada día somos más buitres desplumados. Traje lo que me dejaron los rumanos, además de este ojo morado. Pareceré con tu permiso, el capitán de un barco pirata. ¿No dices nada? Ha tenido gracia, pirata por el parche, por el ojo morado.
-Hoy también la vi, se que ya tenemos las velas, fui a buscarla a ella. Pero esta vez no hubo sonrisa ni ojos negros. Yo si que sonreí, y me quedé con mi sonrisa disecada en la cara y el ademán de saludar revoloteando en el bolsillo.
-Sonrisa disecada. Solo a ti se te ocurren esas cosas. Mira, la gente se aburre de sentir compasión. Tu lo dijiste Julio, quiere su vida. Y la tuya huele a perro callejero, a comida caducada, a noches al raso, a demencia. Sécate hombre, sécate. ¿Cuántas veces te he hablado de lo feo que es ver llorar a un hombre? Todo lo que tenemos, todo lo que necesitas, esta aquí. Míralo, es hermoso. ¿Dónde quieres ir? Vamos para allá.
Un viento, tal vez del sur, hinchaba los eslóganes políticos de las velas, la proa se alzaba orgullosa y su mascaron de proa, maniquí manco, vestía aquel traje robado. La madera crujía de ansias por navegar y las provisiones abarrotaban las lavadoras de las bodegas.
Girando sobre una silla de oficina en lo más alto del buque, cada vuelta iba mostrando una imagen más lejana del horizonte. Kilómetros de tierra de secano por delante, y mas kilómetros de dehesas después, y luego bosques y más bosques hasta que el granito desgarra el cielo en la sierra. Y ni rastro del mar.
Ahora con las piernas colgando por estribor, Julio Marín pensó en voz alta:
-Siempre falta algo. Le faltó algo a esta vida torcida, le faltó algo a aquellos ojos negros, como a este barco le falta un mar.
Un poco antes de las nueve, acostado sobre las vías del tren, Julio Marín podía ver la silueta del barco recortada en un cielo malva. Detrás de la colina festejaban algo los gitanos.
Alejandro Millán
Madrid 2008

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Autorretrato subterraneo

"<<Aqui se acaba el camino- le dije -.
Ya no me quedan fuerzas para más>>
Y abrí la boca para que se fuera. Y se fue.
Sentí cuando cayó en mis manos el hilillo
de sangre con que estaba amarrada a mi corazón.”
Dejamos este Madrid sembrado de recuerdos, nuestras siluetas impresionadas en las paredes, la banda sonora de la memoria reproduciéndose en bucle. Ya no paso más por esos lugares. Ahora que ya no somos, que solo soy. Ahora que solo soy yo, y a duras penas, evito cruzarme con mi propia silueta junto a la suya. Ahí están, los recuerdos, paso de puntillas a su lado para no despertarlos. Pero no son solo esos lugares, esas calles, esas estaciones de metro y paradas de autobús que nunca veo con los ojos abiertos. La mente se encarga de tejerlo todo, de elaborar el mapa que me lleva de la estación más inane a aquellas de susurros y besos lentos, besos tatuados por dentro de los párpados para que cruelmente no dependa el recuerdo de la memoria.
Entonces me muevo por la ciudad minada, mirando cada vez más hacia abajo para escabullirme de las trampas de la melancolía. Tan abajo y tan ausente que empiezo a notar mi gradual camino a la transparencia, y tambien que puedo ver a quienes antes no podía. Otros como yo, igual de pequeños, igual de transparentes, igual de heridos e igual de cobardes. Les veo buscando sus fantasmas en los ojos de extraños, en su cabello, en sus voces, en los olores que viajan en los vagones aun cuando los han abandonado sus dueños. Y los veo asustarse como perros famélicos, esconderse en si mismos cuando creen que de verdad se han cruzado con sus fantasmas, porque saben que ese fantasma está vivo en alguna parte, y que al contrario que ellos, su vida se hace patente en su imagen, no hay que hacer esfuerzo alguno, como pasa con ellos, como pasa conmigo. Pequeños y transparentes.
Me distrae mirarles, y ver que son tan iguales y tan distintos. Tan como yo pero con historias tan dispares. A veces me veo como desde fuera mirándoles, y me veo buscando una mano en el aire, una mano que me diga que no soy como ellos. Buscándola en disimulados movimientos, con la torpeza de un ciego de estreno, y coincide la derrota con el plano general del vagón donde me confundo entre el resto de seres de humo.
Fuera del metro y de sus escaleras mecánicas sin abrazos, me esperan el resto de trampas. Me esperan los hijos que nunca nacerán, las manifestaciones ajenas de cariño, los autobuses que llevan a su casa, el conflicto entre el síndrome de abstinencia del amor y la necesidad del olvido.
Por si no lo sabian ustedes, pese a nuestro diminuto tamaño no somos pisoteados por nuestra consistencia gaseosa. Esperando en las colas somos como la sombra del que va delante y perdemos así muchos turnos. Nuestras voces son confundidas con ruidos marginales y el volumen conjunto de nuestras lágrimas cimarronas, con la humedad de cualquier borrasca al acecho; y la sal cristalizada de las lágrimas cautivas por represión, con afortunados hallazgos en forma de piedras que luego resultan no ser tan preciosas. Sal caballero, ni más ni menos. Nosotros no las llevamos a tasar, conocemos su justo valor, y de conservar algo de sangre en las venas tal vez alguno llevaría flores donde se encontró el sedimento cristalizado de un alma agotada.
Podría también no volver a pisar Madrid, pero aun quedarían mas catalizadores de recuerdos, como mi irremediable soledad en los espejos, afeitarme el bigote metodicamente para no pinchar o, simplemente, mi propia desnudez sin la suya. Así que seguiré volviendo a ese Madrid minado, y seguiré sin querer buscando el resquicio de placer en la nostalgia. Seguiré quizás imaginando historias de seres transparentes y cadáveres salinos, hasta que como ahora me distraiga algo y la realidad me ofrezca mi propia imagen, sujeto a la barra del metro, buscando una mano en el vacío, mientras espero llegar quien sabe donde en este Madrid eterno.
Alejandro Millán,
Madrid 2008

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